
Se suponía que iba a ser la obra maestra de David Foster Wallace (1962- 2008), pero la muerte tenía otros planes. El Rey Pálido, la novela póstuma que publica ahora Mondadori, nunca llegó a ver la luz y se quedó como un borrador, como un complejo rompecabezas inacabado.
Este jueves sale a la venta el libro, o mejor dicho, lo restos del libro, lo que pudo salvarse después del naufragio. El encargado de hacer este trabajo titánico, de convertir a partir de retazos una novela que nunca tuvo inicio ni final y que quedó a a medio proceso de corrección y revisión es el editor Michael Pietsch.
El libro desatará muchos comentarios y de entrada será polémico. ¿Permitiría el autor si estuviera en vida la publicación de un libro incompleto y lo consideraría una maniobra de marketing? Nunca lo sabremos. Por las dudas, el editor se lava las manos y confiesa que adolece de reiteraciones y errores de estilo, típicos de un manuscrito.
David Foster Wallace es el último escritor maldito de Estados Unidos. Compañero de generación de Jonathan Franzen, Dave Eggers, entre otros, su fama creció con La broma infinita (1996). El libro lo catapultó directamente a las portadas de las principales revistas y fue considerada por la revista Time como de las mejores 100 novelas en lengua inglesa , los elogios llegaron por una obra maestra según los críticos. Luego siguieron un par de novelas más y varios libros de no ficción, antes de que él mismo decidiera acabar con su vida hace tres años.
El Rey pálido se enfoca en los funcionarios del Centro Regional de Examen de la Agencia Tributaria en Peoria, Illinois. Wallace trabajó durante casi 10 años en la confección de la novela. Se había documentado y estudiado para sumergirse en el mundo de los Impuestos y las agencias. Escribió cientos de notas y algunas de las partes centrales del libro, pero nunca llegó a contar el principio ni el final.
De todo este amasijo, hay páginas y pasajes imprescindibles. Según el crítico Antonio Lozano, en un texto publicado en la revista Qué leer de este mes, contiene escenas fundamentales.
“Hay partes sublimes como cuando DFW desmonta las mentiras comunes de la humanidad (el amor preprogramado de los padres vinculado al amor incondicional de Dios, el narcisismo visto a través de los horóscopos..), retrata a tipos detestables, enfermizos o colocados (el contorsionista, el bromista escatológico, la orgía anfetamínica..), observa tras lentes tridimensionales un espacio(el atasco de tráfico y la estructura de la sede de la agencia) o interpreta nuestro día a día bajo el prisma de lenguajes especializados (la familia como empresa con ánimo de lucro). Y, por supuesto, se apuntala el motor último de la ficción fosterwalleciana; interrogarse sobre los límites del lenguaje a la hora de traducir nuestros pensamientos, o cómo deshacer los nudos de símbolos para ir al sentido verdadero”.
Álvaro González
La cubierta de la versión del libro en inglés
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